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Con participación del CSIC, el trabajo ha detectado que poblaciones similares de plantas pueden evolucionar de forma muy distinta al cambio climático

Un estudio internacional con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo adscrito al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, ha detectado que poblaciones similares de plantas pueden evolucionar de forma muy distinta ante el cambio climático. El trabajo, publicado en Science, muestra que, aunque la evolución tiende a seguir patrones parcialmente predecibles en condiciones climáticas parecidas, incluso cuando éstas son estresantes, las plantas siguen dinámicas adaptativas distintas en condiciones climáticas diferentes a las que tenían en origen. Es, además, la primera vez que se desarrolla una investigación a tan gran escala sobre la supervivencia de las plantas a los climas extremos y cambiantes. Se emplearon más 70.000 individuos de estudio de variantes genéticas distintas en 30 lugares distintos de todo el planeta.

La investigación, en la que participan equipos de investigación de instituciones españolas como CREAF, CSIC, IICG-URJC, UGR, US y Grupo Tragsatec, se basa en el análisis y seguimiento de la evolución en respuesta al cambio climático de 70.000 individuos de variantes genéticas distintas de plantas Arabidopsis sembradas en 30 lugares de todo el mundo.  Los equipos científicos plantaron simultáneamente, y siguieron durante cinco años, 360 pequeñas parcelas de Arabidopsis distribuidas en localizaciones de diversos tipos de climas, desde alpino hasta desértico. El experimento ha permitido identificar variantes genéticas asociadas con una adaptación exitosa a diferentes contextos ambientales, así como las condiciones bajo las cuales la capacidad evolutiva de las poblaciones se ve superada por la presión climática, conduciéndolas a la extinción. 

Diferentes climas, diferentes variedades genéticas

Durante décadas, desde que los científicos reconocieron los posibles daños ambientales derivados del cambio climático, se han preguntado si las plantas pueden evolucionar lo suficientemente rápido como para adaptarse a un planeta que se calienta a gran velocidad. Sin embargo, estas investigaciones han consistido hasta la fecha en experimentos únicos realizados por grupos de investigación aislados. Y, por ello, este estudio partió de la creación de una red de científicos colaboradores que desarrolló experimentos simultáneos durante cinco años en 30 localidades con climas diferentes de Europa Occidental, el Mediterráneo, Oriente Medio y Norteamérica. El estudio consistía en permitir que las plantas evolucionaran sin intervención, salvo quitar la competencia de plantas de otras especies que crecían espontáneamente.

El objetivo de este experimento único era desentrañar con qué rapidez evolucionarían las poblaciones genéticamente diversas de la planta silvestre Arabidopsis thaliana bajo distintos estreses climáticos, que iban desde los Alpes nevados hasta el calor del desierto del Néguev, y desde áreas urbanas de Europa hasta el subtropical Austin en EEUU.

“Los datos sobre la velocidad de la evolución, junto con los cambios genéticos que acompañan a dicha evolución, son fundamentales para crear modelos que ayuden a identificar qué plantas y animales están en riesgo a medida que sus entornos cambian a su alrededor”, ha señalado el autor principal del trabajo, Moisés Expósito-Alonso, investigador y profesor en la Universidad de California, Berkeley.

Las plantas van a seguir viéndose afectadas por los cambios en los climas locales, por lo que es imprescindible idear algún tipo de estrategia para comprender sus posibilidades reales de adaptación climática, por sí mismas o mediante ayudas a la adaptación. Para garantizar su supervivencia es imperante generar datos cuantitativos que permitan comprender mejor la adaptación rápida y hacer predicciones, anticipar dónde están los riesgos, dónde podrían encontrarse los umbrales climáticos y en qué aspectos se debe prestar atención.

Como parte de su labor investigadora en instituciones españolas son coautores del trabajo publicado en Science: Carlos Alonso Blanco y Belén Méndez de Vigo Somolinos del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC), Xavier Picó de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), Anna Traveset del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA (CSIC-UIB), Modesto Berbel Cascales y Mohamed Abdelaziz de la Universidad de Granada (UGR), Arnald Marcer del Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals (CREAF), Ana García Muñoz de la Universidad de Sevilla (US), Gema Escribano, del Grupo Tragsa y Alfredo García Fernández, José María Iriondo Alegría, Carlos Lara Romero y Martí March Salas del Instituto de Investigación en Cambio Global (IICG-URJC).

Pie de fotoReproducción artística de una Arabidopsis Thaliana/Emma Vidal para Moisés Expósito Alonso.

Textos: Comunicación CSIC

Ambas entidades colaborarán para revisar y generar evidencia científica en áreas como el estudio de la microbiota o los probióticos

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), organismo adscrito al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, y la multinacional alimentaria Danone han firmado un acuerdo marco de colaboración para impulsar la investigación y la generación de evidencia científica en el ámbito de la alimentación y la salud.

Este acuerdo, con una duración inicial de tres años, se orientará hacia aspectos como la revisión de estudios existentes o generar nueva evidencia científica en áreas clave para la salud pública, dentro de la mayoría de las categorías en las que opera la multinacional alimentaria, como son los lácteos esenciales, la nutrición especializada y las alternativas vegetales.

Entre las líneas estratégicas de la colaboración destacan: la investigación de probióticos y microbiota, con especial foco en los beneficios de las bifidobacterias para la salud digestiva, así como el estudio de alimentos fermentados como el yogur o el kéfir y su papel en el equilibrio de la microbiota intestinal; la prevención de la diabetes, el abordaje de la longevidad y la mejora de la bioaccesibilidad de nutrientes en alternativas vegetales para garantizar su calidad nutricional.

La presidenta del CSIC, Eloísa del Pino, ha subrayado la importancia de reforzar la colaboración público-privada en ámbitos prioritarios como la alimentación saludable, así como de impulsar la transferencia de conocimiento para transformar los resultados científicos en soluciones innovadoras con mayor impacto en la sociedad.

Por su parte, el director general de Danone en España, François Lacombe, ha explicado que esta colaboración articula una agenda común para abordar desde la ciencia los retos más actuales en alimentación y salud.

El acuerdo se ha firmado en el Hub de Ciencia de Danone en España, que integra la planta productiva de Tres Cantos y su Centro Internacional de Innovación Tecnológica. 

Este nematicida forma parte de la estrategia para el control de nemátodos que integra soluciones biológicas, químicas y digitales

Bayer ha presentado hoy Velsinum, una nueva solución biológica basada en los polisulfuros de dialilo (compuestos derivados del ajo), destinada al control de nematodos en cultivos hortícolas. Con este lanzamiento Bayer amplía su cartera de soluciones para una estrategia integrada que incluye fitosanitarios químicos, herramientas digitales e innovaciones biológicas.

“Velsinum es la nueva solución biológica que actúa de forma específica sobre los nematodos, protegiendo los cultivos hortícolas y respetando el equilibrio del suelo”, ha destacado Alvaro Ramos, responsable Costa Mediterránea de Bayer Crop Science. “Con Velsinum completamos la cartera de soluciones innovadoras que incluye Velum, BioAct, Nematool y Serenade, acompañando así a los agricultores desde el monitoreo hasta la cosecha”.

Los nematodos representan una de las amenazas más difíciles de gestionar en horticultura. Actúan bajo tierra, dañando el sistema radicular y comprometiendo tanto el rendimiento como la calidad de la cosecha, con síntomas que suelen manifestarse cuando el daño ya es significativo. A nivel global, se estima que provocan pérdidas económicas superiores a los 75.000 millones de euros anuales.

En España, esta problemática adquiere una especial relevancia en áreas de alta concentración hortícola como Almería, donde la intensificación productiva y las limitaciones crecientes en el uso de soluciones químicas han favorecido la persistencia y expansión de poblaciones de nematodos en el suelo. En este contexto, el gerente de Coexphal, Luis Miguel Fernández, ha afirmado que “según nuestra comisión técnica, aproximadamente el 15% de nuestras fincas tienen en mayor o menor medida algún daño provocado por nematodos patógenos y se añade la circunstancia de que cada vez se tienen menos fitosanitarios disponibles en el espacio europeo para combatirlos, por eso desde Coexphal, la mejor forma para controlar las plagas y enfermedades es mediante la gestión integrada sumando todos los sistemas de lucha de una manera racional y compatibles”

La necesidad de mantener la productividad y la rentabilidad de las explotaciones, al tiempo que se preserva la sanidad del suelo y se cumplen los requisitos regulatorios y de mercado, ha impulsado la búsqueda de alternativas biológicas que permitan controlar los nematodos de forma sostenible y compatible con los sistemas de producción intensivos.

Un nematicida biológico y respetuoso con el entorno 

Durante la presentación técnica, Alberto Esteban, responsable de Hortícolas en Bayer Crop Science ha destacado explicado que “Velsinum es un formulado líquido a base de polisulfuros de dialilo, compuestos naturales derivados del ajo, responsables de su acción nematicida. Como solución biológica, estos compuestos actúan por contacto e ingestión sobre las larvas móviles en el suelo, debilitando los sistemas de defensa del nematodo para garantizar una excelente eficacia”.

La especificidad de este mecanismo de acción permite un control eficaz del parásito con un perfil de seguridad favorable para el operador y el medio ambiente, sin generación de residuos y con un intervalo de seguridad previo a la cosecha prácticamente nulo, lo que facilita su integración en programas de producción exigentes desde el punto de vista regulatorio. 

“Su aplicación en suelo mediante sistemas de fertiirrigación permite ajustar la estrategia en función del nivel de infestación y del ciclo del cultivo” ha destacado Diego Hernández, responsable de Agronomía de cultivos de invernadero de Bayer Crop Science. “Velsinum está autorizado para su uso en hortalizas, incluyendo tomate, pimiento, berenjena, pepino, calabacín, melón, sandía y calabaza, tanto en aire libre como en invernadero”.

Con este lanzamiento, Bayer consolida su posicionamiento como actor clave en el desarrollo de soluciones biológicas para la agricultura, ampliando el abanico de herramientas disponibles para los agricultores.

Harwasting, en el que participa el ITQ-CSIC-UPV, desarrollará modelos de negocio circulares e innovadores en áreas rurales

El Instituto de Tecnología Química (ITQ), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universitat Politècnica de València (UPV), forma parte de Harwasting, el proyecto que pretende revitalizar las economías rurales de toda Europa, a través del desarrollo de modelos de negocio circulares e innovadores. La iniciativa busca transformar, de manera eficiente, la biomasa infrautilizada en la agricultura y la silvicultura en productos innovadores de alto valor, que se utilizarán en sectores como la construcción.

Este proyecto tiene como objetivo implementar un proceso escalable para valorizar los residuos agrícolas y forestales, incluidos los residuos de cosecha y poda, así como los subproductos de los procesos industriales. Con la aplicación de estos principios de economía circular, el proyecto promueve la gestión sostenible de los recursos, reduce la generación total de residuos y minimiza las pérdidas económicas que se producen una vez recogida la cosecha.

“Este proyecto representa un importante paso adelante en la creación de zonas rurales resilientes, autosuficientes y con crecimiento económico, ya que convierte residuos agrícolas en ingresos y los desechos en materiales comercializables”, asegura Eduardo Palomares, catedrático de la UPV y vicedirector del ITQ (CSIC-UPV).

Harwasting busca convertir el hidrocarbón (un material similar al carbón, que se produce a partir de biomasa en condiciones húmedas) en materiales de alto rendimiento, como son los paneles híbridos de madera e hidrocarbón y los bioadhesivos sostenibles. Los paneles híbridos de madera e hidrocarbón están diseñados para aplicaciones que requieren un buen comportamiento frente al fuego y blindaje electromagnético, y que se utilizarán en sectores como la construcción.

El proyecto combina Carbonización Hidrotérmica (HTC, por sus singlas en inglés) con Extracción con Agua Caliente a Presión (PHWE, por sus siglas en inglés) y tecnologías innovadoras de postratamiento, como el ensamblaje del hidrocarbón refinado y los bioadhesivos. Esta metodología garantiza la prevalencia de una filosofía de “cero residuos” y prioriza un uso eficiente de la biomasa para utilizarla como materia prima en productos industriales para la fabricación de muebles o como madera para construcción.

En el proyecto Harwasting, el ITQ (CSIC-UPV) trabaja para minimizar el impacto ambiental del proceso HTC, concretamente en la valorización del producto líquido del proceso y en la transformación catalítica de un flujo líquido obtenido en la pirólisis. El objetivo es obtener un fertilizante líquido de potasio concentrado y moléculas aromáticas de interés.

“El diseño de la cadena de valor central del proyecto se basa en una patente del ITQ (CSIC-UPV) y de la empresa Ingelia, que describe el procedimiento para la transformación del hidrocarbón en un polímero tipo resina fenólica. Este procedimiento ha sido mejorado y patentado por un consorcio formado entre el ITQ (CSIC-UPV), Ingelia y el Instituto Tecnológico Metalmecánico, Mueble, Madera, Embalaje y Afines (AIDIMME) para conseguir paneles y tableros con propiedades competitivas en el sector de construcción y del mueble”, explica Michael Renz, vicedirector técnico del ITQ (CSIC-UPV) y responsable del proyecto en el instituto.

Herramientas digitales para modernizar la economía circular

Harwasting utilizará herramientas digitales de previsión de la disponibilidad de materias primas para conocer la disponibilidad del material agroforestal no utilizado, y así optimizar la logística de recogida y procesamiento. También creará pasaportes digitales que acompañarán a los productos finales con el objetivo de aportar transparencia y trazabilidad para facilitar su comercialización. Finalmente, se desarrollará una plataforma digital colaborativa que servirá de centro de mercado para establecer contactos, fomentar colaboraciones y compartir prácticas y experiencias. Todo ello, con el objetivo de facilitar e impulsar la transición hacia nuevos modelos de negocio circulares e innovadores.

Toda la investigación desarrollada en el proyecto se pondrá a prueba en una instalación piloto a pequeña escala, basándose en las cadenas de valor existentes de la madera, los alimentos y la bioenergía en las biorregiones mediterránea (España), boreal (Finlandia) y continental (Rumanía).

Harwasting está financiado por la European Research Executive Agency (REA), en el marco de la convocatoria HORIZON-CL6-2024-CIRCBIO-02. El proyecto, que comenzó en septiembre de 2025, tiene previsto acabar en febrero de 2029 y está conformado por un consorcio de 16 socios, con representantes de 7 países diferentes de toda Europa.

La investigadora del CSIC ha coordinado un libro de divulgación que explica el valor nutricional de los insectos y su potencial en un contexto de cambio climático y aumento de la población

Muchas personas ven los saltamontes, las orugas, las hormigas o los escarabajos como un alimento exótico. Europa es, probablemente, el continente donde menos presentes están los insectos en la alimentación. Sin embargo, aproximadamente en la mitad de los países del mundo, la mayoría en regiones tropicales, existen culturas que los incluyen en su dieta. Hay una gran variedad –se han documentado 2.100 especies de insectos comestibles– y se ha demostrado que son una interesante fuente de nutrientes. El nuevo título de la colección Divulgación (CSIC-Catarata) Los insectos comestibles en el mundo hace un repaso por las características de estos pequeños animales, su consumo por el ser humano a lo largo de la historia, su valor nutricional, las posibles reacciones alérgicas al comerlos y su capacidad para hacer frente a los retos alimentarios en un contexto de cambio climático y de aumento de la población mundial.

Los insectos representan el grupo más diverso del reino animal: existen cerca de un millón de especies descritas. Además, tienen gran diversidad de formas, colores, tamaños, funciones y hábitats. Esa variedad abre un abanico de posibilidades en el ámbito de la alimentación porque cada especie posee unas características nutricionales distintas. “Los insectos pueden aportar proteínas de alta calidad, grasas saludables, vitaminas y minerales y deberíamos reconsiderar seriamente su potencial en el futuro de nuestras dietas, especialmente ante los desafíos ambientales y alimentarios que enfrentamos como especie”, apunta Ligia Esperanza Díaz, investigadora del CSIC en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC) y coordinadora del libro, que reúne aportaciones de 30 especialistas de España, Francia, Holanda y América Latina.

Existe un término procedente del griego que se refiere al consumo de insectos como alimento: entomofagia. Más que una moda, como harían pensar productos como las barras enriquecidas con proteína de grillo o las croquetas elaboradas con larvas deshidratadas, se trata de una costumbre arraigada para millones de personas de Asia, África y América que combina tradición, nutrición y sostenibilidad. De hecho, la evidencia científica ya indica que comer insectos fue una práctica común y bastante extendida entre distintos grupos de humanos a lo largo de diversas épocas y lugares.

En 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó un informe que destacaba el potencial de los insectos comestibles para la seguridad alimentaria y la protección del ambiente. Y desde entonces ha aumentado de manera exponencial la investigación sobre su cría, que es uno de los principales retos. “Una comprensión detallada de todas las etapas de producción primaria junto con la aplicación rigurosa de prácticas de higiene y bioseguridad, resulta esencial para garantizar alimentos seguros y de alta calidad. Esto allanará el camino hacia una adopción más amplia de la entomofagia”, señala la coordinadora del libro. “Se espera que la producción de insectos comestibles se consolide como un componente clave de los sistemas alimentarios del futuro”, añade.

Valor nutricional

Los insectos comestibles son fuente de fibras, vitaminas (del grupo B, así como A, D y E) y minerales, como el calcio, el potasio o el magnesio. Pero sobre todo son una fuente de proteínas. Mientras que para la alimentación humana se aprovecha en torno al 50% de la masa corporal de carnes como el pollo, el cerdo o la carne de vacuno, de cualquier insecto se aprovecha el 80%. Su valor nutricional depende, eso sí, del tipo de insecto, su etapa de desarrollo, su alimentación y de cómo se cocina.

Los artrópodos han sido consumidos por muchas culturas a lo largo de la historia y actualmente, por ejemplo, proporcionan más del 50% de las proteínas de la dieta en algunos países de África Central. Entre las especies más populares destacan los escarabajos (31% del consumo de insectos) seguidos de las orugas. También son comunes las hormigas, avispas y abejas (14%), así como los ortópteros (13%).

Además de su valor nutricional, estos animales destacan por sus propiedades funcionales. Algunos trabajos de investigación han identificado moléculas con efectos antioxidantes y antiinflamatorios en algunas especies, lo que abre nuevas posibilidades.

La industria alimentaria

Debido a su interesante perfil nutricional, los insectos aparecieron en el radar de la industria alimentaria hace ya unos años. Pero ha sido en la última década cuando se han incorporado, poco a poco, en las dietas occidentales. Detrás hay dos motivos principales: por un lado, la búsqueda constante para ofrecer productos nuevos y atractivos al consumidor, y, por otro, la sostenibilidad o el reto de alimentar a una población mundial que, según las estimaciones, alcanzará en 2050 los 9.000 millones de habitantes.

Más allá de los insectos completos, la industria alimentaria busca alternativas para incorporarlos a la dieta. Así, es habitual la preparación de harinas que se obtienen a partir del secado y molienda del insecto entero. Y, de cara al consumidor occidental, más reticente a incluirlos en su menú, se contempla la extracción, purificación y uso de sus proteínas como ingredientes. Otra alternativa que despierta interés es emplearlos como ingredientes funcionales, no solo para el sector de la alimentación humana, sino también para el farmacéutico o el de alimentación animal.

Pero la industria alimentaria también los ve como una fuente prometedora de biopolímeros y, por tanto, como una alternativa a los plásticos derivados del petróleo en el envasado de alimentos. Su interés reside no solo en su origen renovable, sino en la posibilidad de consumirlos junto al alimento y en que son fácilmente biodegradables.

Un ejemplo de ello es la quitina, un polisacárido que está presente en el exoesqueleto de los artrópodos. Tras un proceso químico, este material se convierte en biodegradable, no tóxico y con propiedades antimicrobianas y antioxidantes. Todas estas características lo convierten en un candidato ideal para su uso en la fabricación de recubrimientos comestibles en el envasado de alimentos. Otra vía de investigación son las ceras producidas por insectos como recubrimientos hidrofóbicos de alimentos capaces de actuar contra la humedad y ayudar en la conservación de productos frescos.

Europa y América Latina

Los insectos ofrecen diferentes sabores y texturas, una versatilidad que ayuda en las diferentes elaboraciones culinarias. Aunque en Europa el consumo de insectos está poco extendido, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) los incluye como una categoría en el FoodEx2, su sistema estandarizado de clasificación y descripción de alimentos. Existe un vacío legal para el reconocimiento de muchas de estas especies como comestibles, pero la Unión Europea ya ha incorporado en la categoría de “nuevos alimentos” al grillo doméstico (Acheta domesticus), el gusano de la harina (Tenebrio molitor) y a la langosta migratoria (Locusta migratoria), entre otros.

En España, por ejemplo, se pueden adquirir insectos de diferentes tipos en una cadena de supermercados. El grillo y el gusano de la harina son los que más éxito han alcanzado, tanto para su consumo directo como en forma de ingredientes incluidos en otros productos (galletas, snacks fritos, paté, etc.).

En países de América Latina muchas personas los consideran manjares gastronómicos. En el libro se mencionan tres países como ejemplo: Colombia, donde el consumo de la hormiga culona (Atta laevigata) se remonta a los Guanes, un pueblo indígena que vivió entre los siglos VII y XVI; Brasil, país donde los pueblos originarios introdujeron el consumo de las hormigas Atta, conocidas como arrieras o cortadoras de hojas, en la dieta, aunque en la actualidad su consumo se limita a pequeños grupos específicos, y finalmente México, en donde se consumen 504 especies de insectos entre las que destacan los gusanos de maguey, los jumiles, los escarabajos y los chapulines, los más conocidos.

El título incluye un recetario con algunos platos elaborados con estos artrópodos, platos con insectos que combinan tradición y vanguardia en la cocina latinoamericana y que van desde la crema de gusano blanco al lomo de cerdo en salsa de tomate cherry y hormiga culona.

Sobre los autores

Ligia Esperanza Díaz es investigadora del CSIC en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC), donde trabaja en el Grupo de Inmunonutrición, y coordinadora del libro Los insectos comestibles en el mundo. Sus líneas de investigación se centran en el estudio del estado nutricional y su impacto en la salud, con especial atención a los biomarcadores inmunológicos. Asimismo, investiga la entomofagia desde la perspectiva de la inmunonutrición y su potencial en la promoción de la salud.

El título cuenta una treintena de autores: Nicoletta Righini, del Instituto de Investigaciones en Comportamiento Alimentario y Nutrición  (IICAN) de México; Adriana Alejandra Pazos, investigadora del Instituto de Tecnología de Alimentos (ITA-INTA) de Argentina; Gabriela Laura Gallardo, profesora asociada en el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional de Hurlingham (Argentina); Gustavo Alberto Polenta, bioquímico de la Universidad de Rosario (Argentina); María Eugenia Cozzarin, del Instituto de Ciencia y Tecnología de Sistemas Alimentarios Sustentables (INTA, CONICET) de Argentina; Priscilla Vásquez Mazo, que trabaja en el Instituto de Tecnología de Alimentos-INTA; Valeria Fernández, investigadora independiente en el Instituto de Investigaciones Forestales y Agropecuarias Bariloche (INTA-CONICET) de Argentina; José María Hernández, de la  Universidad Complutense de Madrid; José Manuel Pino, personal académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); Ascensión Marcos, investigadora en el ICTAN-CSIC; María Monsalve, científica del CSIC en el Instituto de Investigaciones Biomédicas Sols-Morreale (IIB-CSIC-UAM); Esther Nova, investigadora en el ICTAN-CSIC; Norma Esmeralda Castañeda, licenciada en Nutrición por la Universidad de Guadalajara. (México); Elia Herminia Valdés, miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de México; Annamaria Filomena Ambrosio, profesora de la Universidad de La Sabana (Colombia); Bibiana Ramírez, profesora de la Universidad de La Sabana; Luz Indira Sotelo, profesora en la Universidad de La Sabana; María Paula Deaza, profesora en la Universidad de La Sabana; Eraldo Costa, profesor de la Universidad Estadual de Feira de Santana (Brasil); Esther Katz, coordinadora del proyecto sobre insectos comestibles en América Latina, financiado por la Agence Nationale de la Recherche (ANR) de Francia; Julie Cavignac, profesora de la Universidad Federal de Rio Grande do Norte (UFRN) de Brasil; Juanita Trejos-Suárez, profesora en la Universidad de Santander (Colombia); Enrique Baquero, profesor de la Universidad de Navarra; Andrea Aquino, de la iniciativa Sustainable and Affordable Nutrition for a Transformative Empowerment (SANTE); Nerea Martín, profesora en la Universidad de Navarra; Laura Beatriz Herrero, de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN OA); Natalia Naranjo, investigadora y líder de proyectos en New Generation Nutrition (NGN); Guadalupe Morales, del Hospital ISSSTEP Puebla y profesora en la Universidad Autónoma de Puebla (México); Daniela Rivero, del Hospital Universitario de Puebla; Elisa Ortega Jordá, médica en la Clínica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México); Gonzalo Delgado Pando, investigador del ICTAN-CSIC; Tatiana Pintado, del ICTAN-CSIC; Ashalley Fabián Valle, cocinero y chef originario de Bogotá, y Daniela Quiñones, cocinera y chef originaria de Durango, México.

Foto: Ejemplares de grillo doméstico ('Acheta domesticus'). / José María Hernández

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