Postcapitalismo ¿Hay motivos racionales para el pánico?

Huelga anticapitalista

Paul Mason, editor de Economía en la BBC, es un reconocido analista inglés que en 2016 ha publicado un libro provocativo, muy leído y que ha abierto un mar de polémicas a favor y en contra de sus tesis. Lo que dice Mason en ‘Postcapitalismo’ es que “sí, hay motivos para el pánico”.

Basándose en la catástrofe financiera de 2008, el autor describe un futuro apocalíptico si el ser humano no es capaz de controlar su presencia en la Tierra. En especial, critica el neoliberalismo como modelo económico y a su élite financiera, a la que compara con la aristocracia británica cuando en 1918 se escondió en su torre de marfil, incapaz de entender que el mundo victoriano había llegado a su fin. A continuación, por su interés, reproducimos el Capítulo 9, titulado ‘Motivos racionales para el pánico’.

Yo voy por el mundo formulando preguntas sobre economía y la gente me responde hablándome del clima. En 2011, en Filipinas, conocí a unos agricultores sin tierra que vivían desplazados en unos míseros poblados rurales improvisados. ¿Qué les había pasado? “Los tifones -respondieron-. Si hay más tifones, el arroz no crece bien. No quedan suficientes días de sol entre el momento de plantarlo y el de cosecharlo”. [...]

En Nueva Orleans, en 2005, fui testigo de la desintegración del orden social (ya de por sí frágil) de una ciudad moderna del país más rico del mundo. La causa inmediata de aquello fue un huracán; el problema de fondo fue la incapacidad de las infraestructuras urbanas existentes para absorber un cambio en los patrones climáticos, y la extrema debilidad de la estructura social y racial de la ciudad, muy castigada por la pobreza, para resistir semejante embate. 

La complejidad misma de nuestro ecosistema impide que podamos achacar toda alteración del clima a una causa humana con un 100% de certeza. Pero sí podemos, según el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, por sus siglas en inglés), estar bastante seguros de que los fenómenos meteorológicos extremos -los huracanes, las inundaciones, los tifones, las sequías- aumentarán en la segunda mitad del siglo. 

Pero la economía es compleja; como la meteorología durante la estación de los huracanes, es proclive a reacciones que se aceleran de forma incontrolable y a complicados bucles de retroalimentación. Como el clima, la economía procede a través de una combinación de ciclos a largo y a corto plazo. Pero, como ya he mostrado aquí, esos ciclos desembocan en último término, en la desintegración del sistema. 

En este libro, he eludido incorporar la crisis climática hasta este momento. Quería mostrar cómo el choque entre la infotecnología y las estructuras de mercado nos está conduciendo por sí solo hacia un importante punto de inflexión: aunque la exosfera se hallase actualmente en un estado estacionario, nuestra tecnología continuaría impulsándonos más allá del capitalismo.

Pero lo cierto es que el capitalismo industrial ha calentado el clima 0,8 grados centígrados en el transcurso de los últimos doscientos años y ahora sabemos que, para 2050, lo habrá calentado dos grados en total con respecto a la media térmica de la era preindustrial. Todo proyecto dirigido a llevarnos más allá del capitalismo tendrá que modular sus prioridades a partir del urgente desafío que plantea el cambio climático. O reaccionamos a tiempo y lo afrontamos con un mínimo de orden, o no lo hacemos... y nos vemos abocados al desastre.

 

Huelga en la calle

 

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), aun en el caso de que se llevaran realmente a cabo todos los planes de reducción de emisiones anunciados, se aplicaran todos los impuestos sobre el carbono por aplicar y se cumplieran los objetivos en cuanto a la penetración de las energías renovables -es decir, suponiendo que los consumidores no se rebelen contra la consiguiente subida de impuestos que eso signifique, y que el mundo no se desglobalice-, las emisiones de CO2 aumentarían igualmente en un 20% hasta 2035. Y el nivel de calentamiento de la Tierra no se limitaría a un par de grados, pues la temperatura aumentaría en 3,6º.

 

Se viene el desastre climático 

La ciencia del clima nos dice que, para mantener el ascenso medio de temperaturas en torno a los dos grados, necesitamos reducir a la mitad la cantidad de CO2 que emitimos a la atmósfera desde ahora y hasta 2050.

Diversas campañas y grupos de estudio han reaccionado ante la premura de los acontecimientos diseñando guiones con escenarios de futuro que muestran en términos técnicos cómo podría conseguirse esa disminución del 50%. Aunque no coinciden en lo que a la combinación de tipos de energías alternativas se refiere ni en cuanto al modelo de eficiencia energética manejado, sí tienen un elemento en común: casi todos esos guiones sobre nuestro panorama futuro concluyen que, a largo plazo, nos saldrá más barato comenzar ya a funcionar con energías y tecnologías bajas en carbono que no hacerlo.[...] 

Greenpeace, cuyo Energy Revolution Scenario se toma como punto de referencia en el debate general sobre el sector energético, propone alcanzar el objetivo sin centrales nucleares y poniendo menos énfasis en las técnicas de captura y almacenamiento del carbono, de manera que, para no más tarde de 2050, un 85% de toda la energía se produzca ya a partir de las tecnologías eólica, solar y de aprovechamiento de la biomasa. Incluso según ese plan, que comporta unos costes de inversión inicial mucho más elevados y un mayor cambio social, el mundo se ahorra dinero en último término.

Salvar el planeta, pues, es un objetivo factible en lo tecnológico y racional en lo económico, incluso aunque lo midamos únicamente en términos estrictamente monetarios. El único obstáculo que se interpone en nuestro camino para conseguirlo es el mercado.

 

El envejecimiento demográfico 

En la actualidad, tenemos un nuevo problema: el envejecimiento demográfico. No hay activistas que desplieguen grandes pancartas desde las azoteas de edificios clamando contra el envejecimiento, como tampoco hay ministerios del envejecimiento, ni ningún prestigioso grupo internacional de expertos científicos dedicado a ese tema, ni negociaciones globales sobre el mismo. Pero constituye un impacto externo tan potencialmente grave como el cambio climático y que tiene incluso un carácter económico mucho más inmediato. Nadie discute las proyecciones realizadas por la ONU a ese respecto.

La población mundial, situada actualmente por encima de los 7.000 millones de habitantes, aumentará hasta los 9.600 millones para el año 2050, aunque casi todo ese crecimiento corresponderá a países del Sur Global. Para entonces, habrá más personas en los países en desarrollo que habitantes tiene todo el planeta Tierra en la actualidad. Así que el relato futuro de la Humanidad se contará principalmente en ciudades como Manila, Lagos o El Cairo.

A nivel mundial, se incrementará la proporción de personas mayores con respecto a las que estén en edad de trabajar. En 1950, un 5% de la población mundial tenía más de 65 años; a mediados del siglo XXI, ese porcentaje será del 17%. Pero es en el mundo rico donde los problemas del envejecimiento poblacional devendrán un verdadero shock.

 

Como la aristocracia victoriana 

La nuestra es una época esencialmente trágica, por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ya ha ocurrido, nos encontramos entre ruinas [...]. Tenemos que vivir, por muchos que sean los cielos que hayan caído sobre nosotros”. D. H. Lawrence describía así la situación de la aristocracia inglesa tras 1918 (último año de la I Guerra Mundial), con su ideología hecha añicos y sus ilustres miembros batiéndose en retirada hacia un mundo de mansiones señoriales y modales arcaicos. Pero la descripción le cuadraría igualmente bien a nuestra élite contemporánea tras la catástrofe de 2008: una aristocracia financiera decidida a seguir viviendo como si las amenazas expuestas más arriba no fuesen reales.

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