I, Robot?

I, Robot?

¿Auguran los rápidos avances en la inteligencia artificial y en la automatización un futuro en el que los robots reduzcan drásticamente la demanda de empleados humanos?

En un mundo que aún se recupera de la gran crisis financiera del 2008 y con el mercado laboral castigando a muchos países, la imagen de las nuevas tecnologías se refleja en dos espejos enfrentados: servir para mejorar la productividad o ser una amenaza para los trabajadores. Las estadísticas indican que la tecnología está destrozando empleos, pero también que estaría creando otros nuevos y de mejor calidad… aunque, eso sí, en menor cantidad. El robot, como epítome de los nuevos tiempos, traslada esa incertidumbre a un futuro que ya está presente.

2015. ¿Estamos al principio de una transformación tecnológica única en la historia, maravillosa por lo que podría aportar de bueno, pero devastadora para aquellos que no estén en condiciones de aprovechar sus beneficios? ¿Reemplazarán los robots y el software a la mayoría de los trabajadores humanos?

La preocupación por si el avance tecnológico destruye empleos no es nueva. Ya pasó en el siglo XIX, durante la llamada Revolución Industrial que tuvo a Inglaterra como epicentro. En 1821, el prestigioso economista británico David Ricardo ya se preocupaba por la sustitución del trabajo humano por las máquinas. Un siglo después, en 1930, justo tras el Crack del 29 y la consecuente recesión económica mundial que llevaría a la II Guerra Mundial, John Maynard Keynes, señalado premio Nobel, advertía de que el descubrimiento y la aplicación de nuevos medios para economizar la mano de obra iban a provocar lo que denominó ‘desempleo tecnológico’. Otro Nobel de Economía, este más actual, Joseph Stiglitz, defiende que la llamada Gran Depresión en EEUU también fue motivada por el inusitado cambio de una agricultura manual a otra industrial, debido a la tecnología.

Novelistas, músicos y realizadores anticiparon el pasado siglo cómo podría ser un mundo maquinizado, robotizado. Algunos ejemplos:

Welcome to the Machine. Segundo tema del álbum ‘Wish You Were Here’, grabado en 1975 por Pink Floyd. La canción es una suerte de alegato contra la industria musical -a la que considera una máquina sólo interesada en hacer dinero- y, por antonomasia, hacia toda sociedad industrializada. Trata de un aspirante a músico profesional (todo el álbum es un homenaje a Syd Barrett, su primer líder, que acabó trastocado) a punto de firmar con un sórdido ejecutivo de la industria discográfica (‘the machine’) más preocupado por el negocio que por el arte.

‘I Robot’. Segundo álbum del Alan Parsons Project, editado en 1977, un disco conceptual (entonces de vinilo), inspirado en el conjunto de relatos cortos del escritor ruso-estadounidense Isaac Asimov, considerado el padre de la llamada ‘ciencia ficción’. En ellos se establecen y plantean los problemas de las tres leyes de la robótica, un compendio de moral aplicable a supuestos robots inteligentes. Los relatos plantean diferentes situaciones que ponen en solfa la situación del hombre actual en el universo tecnológico.

 

Robots

 

‘I Robot’ fue también el título de una película distópica producida en 2004, dirigida por Alex Proyas y protagonizada por Will Smith. Aunque incluye las ideas robóticas de Asimov, el film se parece más a un cuento homónimo de ciencia ficción, publicado en 1939 por Eando Binder, que trata de un robot humanoide ‘inteligente’ que acaba siendo culpado de la muerte de su creador.

 

La robótica ha dado pasos que ni Asimov ni Binder se hubiesen atrevido a plantear en sus respectivos ‘I Robot’

 

Blade Runner. Película de culto dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Harrison Ford, estrenada en 1982 y basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick (1968). Un clásico de la ciencia ficción, el film transcurre en una versión distópica de la ciudad de Los Ángeles en 2019. Describe un futuro en el que humanos artificiales son fabricados a través de la ingeniería genética, a los que se denomina ‘replicantes’; son empleados en trabajos peligrosos y como esclavos en las colonias exteriores. Fabricados para ser ‘más humanos que los humanos’, se les asemejan físicamente; tienen mayor agilidad y fuerza física, pero aparentemente carecen de emociones y empatía. Declarados ilegales tras un motín en Marte, un cuerpo especial de la policía (Blade Runners), se encarga de ‘retirarlos’ de la circulación. Al final resultan ser demasiado humanos…

Inteligencia Artificial (I.A. en inglés). Película de 2001 dirigida por Steven Spielberg. Basada en el relato de ciencia ficción ‘Los superjuguetes duran todo el verano’ de Brian Aldiss. El proceso de I.A. partió originalmente con Stanley Kubrick a principios de los 70, pero murió sin rodarla. Spielberg mantuvo el guión: a mediados del siglo XXI, el calentamiento global provoca que se redujeran los recursos del mundo. Hay una nueva clase de robots llamados Mecas, humanoides avanzados capaces de emular pensamientos y emociones. Uno de ellos es David, diseñado para parecerse a un niño humano y mostrar amor por sus ‘padres’. Un hijo robot para suplir al auténtico, hibernado a causa de una enfermedad. Pero el niño robot quiere ser un niño humano de verdad…


Máquinas creativas 

La robótica está dando pasos que ni Asimov ni Binder se hubiesen atrevido a plantear. Un ejemplo: Hod Lipson. Hace unos años creó un algoritmo que explicaba datos experimentales mediante la formulación de nuevas leyes de la ciencia, las cuales concordaban con las leyes ya conocidas y demostradas de la ciencia. En definitiva: automatizó el descubrimiento científico. Entrevistado por la MIT Review, Lipson describe así su Laboratorio de Máquinas Creativas: “Nos interesan robots que recreen cosas pero que, a la vez, sean creativos por sí mismos”.

Lipson, profesor de ingeniería de la Universidad de Cornell, es uno de los mayores expertos mundiales sobre inteligencia artificial y robots. Sus proyectos de investigación dejan intuir las posibilidades de las máquinas y de la automatización, desde robots que ‘evolucionan’ hasta otros que se montan a sí mismos a partir de módulos básicos. El futuro que vislumbra Lipson es uno en el que las máquinas y el software estarían dotados con capacidades únicas, inconcebibles hasta para Asimov y sus seguidores. Sin embargo, hay algo que, en nuestros tiempos, tras una nueva macro crisis financiera mundial, con Grecia en el ojo del huracán europeo, da pavor: los increíbles adelantos técnicos en la automatización y en la tecnología digital, ¿podrían provocar/agravar una gran crisis social derivada del paro profesional? Y más aún: ¿será verdad que quien posea esos robots acaparará las riquezas del mundo? ¿Habrá una nueva casta dirigente, capacitada para controlar al resto, como aventuró Aldous Huxley en su ‘Brave New World’ (‘Un mundo feliz’)?

En nuestros días, con la crisis económica encima, con la irrupción de nuevos jugadores en la escena a escala planetaria (China, India e altri) compitiendo o desplazando a las antaño potencias occidentales (EEUU, Gran Bretaña, Francia…) las nuevas tecnologías inteligentes, como en su día la invención de la máquina de vapor, están otra vez bajo sospecha. La creciente desigualdad económica, entre países y entre ciudadanos de cada país, no ha hecho más que acentuar la pregunta: ¿vamos por el buen camino?

 

Primeros avisos 

HuxleyUn reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) expone que la brecha entre los ricos y los pobres se sitúa en un nivel de altos históricos en muchos de sus países miembros, impulsada en gran parte por un descenso salarial que castiga al 40% de la población considerada menos preparada. Quienes menos ganan han visto caer sus sueldos de forma notoria a lo largo de las últimas décadas, y la OCDE advierte que la desigualdad salarial ya está minando el crecimiento económico.

La brecha económica se está instalando en el mundo, tanto a nivel de naciones como de habitantes, en el ámbito global como en el individual. El enunciado del problema sería así: los países y aquellos ciudadanos que tienen tecnología (porque tienen capacidad de crearla y porque disponen del talento necesario) quedarán separados por una brecha (‘the gap’) de aquellos países y de aquellos ciudadanos que no tengan esas facultades para crearlos o para saber utilizarlos. Como en la distopía de Huxley, habría una notoria separación entre los habitantes del Mundo Feliz y los de la reserva ‘salvaje’.

Hace décadas que las ganancias del trabajador medio no siguen el ritmo del crecimiento económico. Según datos oficiales citados por el MIT, el sueldo medio de un hombre sin estudios secundarios cayó en EEUU en un 29% desde 1990 hasta 2013, mientras que el sueldo de los que sólo terminaron los estudios secundarios descendió en un 13% (ver recuadro). A las mujeres les ha ido un poco mejor comparativamente, aunque generalmente siguen ganando menos que los hombres. Y estos datos podríamos extrapolarlos a casi todos los países de lo que se considera Primer Mundo.

Thomas Piketty se hizo famoso el año pasado tras publicar ‘El capital en el siglo XXI’ convirtiendo la desigualdad en uno de los temas candentes de la economía. Está registrado que desde 1960, la desigualdad de sueldos ha aumentado de forma dramática en muchos países. Los niveles de desigualdad crecieron en Reino Unido en la década de 1980 y no han caído desde entonces, y en Estados Unidos siguen al alza, llegando a niveles sin precedentes en la historia.

 

Incapacitados

Ya hay una corriente entre los economistas que habla de que mucha gente en el mundo no cuenta con formación ni educación necesarias para labores que, cada vez más, exigirán habilidades tecnológicas sofisticadas. Por otra parte, también se da otro tipo de problema: hay máquinas que han sustituido a hombres en trabajos que requieren rutinas físicas (robots en las fábricas de automóviles), capacidades contables (cajeros en los bancos,) o consultas (en las administraciones). La revista Forbes ya emplea un software para crear algunos artículos sobre ganancias corporativas, mientras Associated Press utiliza otra versión para escribir noticias deportivas. Además, hay que recordar que las Tecnologías de la Información (TIC) permiten a cualquier individuo realizar innumerables operaciones, consultas, inscripciones, etc. desde su portátil o su smartphone.

Todo esto ha provocado que en los últimos años muchos puestos de trabajo de clase media hayan desaparecido o estén mal pagados. Tenemos, pues, que la tecnología asume cada vez mayor parte de los empleos considerados desde hace mucho como seguros. Y, lo peor de todo, es que los más castigados, según las estadísticas, son especialmente los jóvenes de la franja de edad que va de los 20 a los 30 años.

 

¿No hay salida?

Nadie conoce la respuesta, básicamente porque, aunque la historia está plagada de precedentes en relación a otros grandes cambios, la que vivimos en nuestros días no tiene parangón desde el punto de vista tecnológico. ¿Son los avances tecnológicos realmente responsables del descenso del número de trabajos? Y, como ocurrió en épocas pasadas, ¿con el paso del tiempo aumentarán las oportunidades de empleo basadas en inteligencia artificial y automatización, ahora culpables.

Martin Ford es uno de los que cree que esta vez es distinto. En su nuevo libro ‘Rise of the Robots: Technology and the Threat of a Jobless Future’, Ford señala numerosos ejemplos de nuevas tecnologías, como coches sin conductor y la impresión 3D, que cree que efectivamente acabarán por reemplazar a la mayoría de los trabajadores del sector.

 

Coches sin conductor y la impresión 3D pueden acabar por reemplazar a la mayoría de los trabajadores de sus respectivos sectores

 

Asimov

Más preguntas: ¿puede la sociedad humana permitirse el lujo de no contar con quienes no reúnan las condiciones marcadas por las nuevas tecnologías? ¿Podrá esa misma sociedad mantener a los que margina, puesto que no generarán recursos?

Está claro (o al menos parece lógico) que la utilización de las nuevas tecnologías depende de decisiones humanas. Políticos, gobernantes, empresas y hasta el propio consumidor tienen algo que decir. De hecho, entre todos marcan el tempo y sus aplicaciones en el día a día. Quien esté libre de pecado…

La cuestión es plantearse cómo y cuánto queremos producir, y qué queremos realmente de las máquinas. El capitalismo lo tiene claro: mayor producción para mayor beneficio. Y si las máquinas abaratan el proceso de producción, miel sobre hojuelas. ¿Significa eso que todo está condenado a la maquinización? Bueno, está por ver si la cafetería en la que desayunamos, donde el camarero es colega y encontramos conocidos, morirá a manos de robots sin condiciones tan humanas.

Hay que reconocer que muchas empresas de servicios han conseguido no perder ese lado humano a pesar de basarse en tecnologías ‘smart’. Han sabido unirlos adecuadamente… al menos hasta ahora. Si la robótica sigue acelerando, tal vez ese equilibrio se disloque.

 

¿Quién tendrá los robots? 

Volviendo al economista Joseph Stiglitz, citado al principio, éste defiende que estamos atrapados en medio de otra transición dolorosa: desde una economía industrial a una basada en los servicios. Algo comparable a lo sucedido hace un siglo, cuando se pasó de la economía agrícola a la economía industrial.

El Hombre, en su afán de progreso, siempre ha querido aumentar su productividad; lo ha considerado siempre positivo. La paradoja actual es que esa productividad se aumenta con máquinas, no con seres humanos. ¿Significa esto que debemos dejar de producir tanto o, al menos, de innovar para ser más solidarios? Otra paradoja: si las máquinas hacen la mayoría de las cosas mejor y más rápido, ¿hay que renunciar al progreso tecnológico, a pesar de que pueda suponer mayor desigualdad social?

Una última reflexión: si las ventajas de las nuevas tecnologías se destinan sobre todo a los más ricos, entonces las visiones distópicas de Asimov o Huxley podrían convertirse en realidad.

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